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Etica y Salud Sex. Un paradigma integrador a- Etica, normas y relac hnas

Artículos - Sexualidad y Educación Sexual

√ČTICA Y SALUD DE LA ¬†SEXUALIDAD.

UN PARADIGMA INTEGRADOR

 

Lic. Santos Benetti 

Sobre la base del Capítulo IV de mi libro Sexualidad creativa, para vivir y gozar que ya es bastante , con  numerosos agregados.

 

1. Un problema complejo: sexo y normas


Comencemos con algunos casos que nos permitirán adentramos en un tema realmente complejo, difícil y espinoso en
su tratamiento, dadas todas las implicaciones que tiene, tanto en la vida social como en el fuero de la conciencia.

Primer caso: Se trata de una pareja de novios que, por motivos econ√≥micos a√ļn no pueden casarse, si bien √©sta es su firme decisi√≥n. Mantienen relaciones sexuales aunque lo viven culpablemente por motivos religiosos. Sin embar¬≠go, sienten que esas relaciones √≠ntimas refuerzan sus sen¬≠timientos de amor y su decisi√≥n de unirse para siempre.

Segundo caso: Se trata de una pareja de casados desde hace a√Īos. La mujer siente un fuerte rechazo por la relaci√≥n sexual y solamente accede ante la demanda del marido porque est√° casada y √©sta es su obligaci√≥n; pero en cada relaci√≥n sexual se siente fuertemente frustrada.

Tercer caso: Dos adolescentes que se plantean ¬ďhacer el amor¬Ē como lo hacen ya sus compa√Īeros, aunque lo viven con gran miedo, sin saber bien de qu√© se trata y a qu√© se comprometen.


En el primer caso, la pareja de novios vive la relación sexual como una prohibición moral, aunque lo ven como algo sano en su relación. Lo hacen realmente por amor y gozan de esa relación. Podemos decir que viven su relación sexual como prohibida, con culpa, pero al mismo tiempo como sana y conveniente.

En el segundo caso, la mujer vive la relación sexual con su marido como algo permitido en cuanto que están casados; pero se da cuenta de que es absurdo mantener esa relación sin deseo, sin amor y sin gozo. La relación es, por tanto, buena moralmente, pero no es sana sino enfermiza psicológicamente.

En el tercer caso, esos adolescentes no se plantean el sentido y la moralidad del acto, lo hacen más por curiosidad y excitación, pero sin preguntarse por la conveniencia, consecuencias y responsabilidad de lo que hacen.

 

Llegamos así a una cuestión de fondo: uno es el plan­teamiento ético o moral de un acto cualquiera, en este caso sexual (tradicionalmente ligado a la religión).

Y otro es el planteamiento psicológico y pedagógico que se refiere a la madurez del acto, a su conveniencia y aporte a la salud integral del sujeto.

Al mismo tiempo, vemos que no se puede tratar la ética sexual de la misma manera a cualquier relación sexual, sea entre novios comprometidos, entre adolescentes o con una prostituta.

A menudo, y siempre en el planteo tradicional, todo fue encarado desde la estricta norma moral o religiosa.

La pregunta era o es: ¬ŅEst√° permitido o est√° prohibido? Mas no caemos en la cuenta de que una cosa puede estar legalmente permitida y no por eso ser sana y conve¬≠niente para la persona.

Y viceversa: algo puede estar prohibido como norma y, sin embargo, ser vivido en un caso particular como algo sano, positivo y conveniente.

 

Las normas, por tanto, deben ser racionales y justificadas, no bastando el simple argumento de autoridad.

Para salirnos del tema sexual tomemos el ejemplo del tabaco: puede no estar prohibido fumar, aunque ciertamente no es conveniente ni sano.

Y veamos este otro ejemplo: en un país, como sucedió tantas veces en el nuestro, puede estar prohibido expresar libremente las opiniones, pero qué sano sería hacerlo...


Es muy frecuente que padres y educadores recibamos esta pregunta de los adolescentes:
"Y a usted qu√© le parece? Estoy saliendo con una chica, ¬Ņpodemos tener relaciones sexuales?
¬ŅQu√© me aconseja usted? ¬ŅPuedo hacerlo? ¬ŅY a qu√© edad?"¬†¬†

No sé si hoy son muchos o son pocos, pero en el fondo del corazón muchos sienten la necesidad de "pedir permiso" para saber lo que tienen que hacer, como si el permiso del otro fuera la garantía de que eso que hacen está bien y les hace bien.  

Constatamos, entonces, que muy frecuentemente exis­te una contradicción entre lo que es bueno, en el sentido de lo permitido por las normas, y lo que es sano o convenien­te, en el sentido de lo que hace realmente bien a la salud física o psíquica de una persona y a su madurez.

Alguien dirá que lo ideal sería que lo permitido sea siempre sano, y lo prohibido siempre enfermo.
En muchos casos así sucede; pero, lamentablemente en el terreno de las relaciones sexuales, esto no es así.

 

Un acto humano, por tanto, desde la maduración psicológica, puede ser sano, maduro, conveniente y positivo.  O, por el contrario, enfermo, inmaduro, regresivo, inconveniente o negativo. 

En cambio desde lo moral, especialmente religiosa o costumbrista, puede estar permitido o prohibido; puede ser vivido como virtud o como pecado. Sea como fuere, lo cierto es que todos entendemos que en la sexualidad, como en las otras instancias humanas, hay ciertas normas mínimas que hacen al respeto del otro y de uno mismo, y que pueden favorecer una relación como algo positivo.  

 

2. De dónde vienen las normas


Pero el problema no está sólo en descubrir ciertas normas e incluso en exigírselas al otro, sino en determinar de dónde surgen las normas, si las tenemos que esperar de afuera de nosotros mismos, de cierta autoridad o institu­ción, y qué validez y obligatoriedad puedan tener.
Cuando decimos que una relaci√≥n sexual cualquiera, √≠ntima o no, puede ser madura o inmadura, sana o enfer¬≠miza, afirmamos algo casi del sentido com√ļn.

Pero volvemos a preguntamos: quién determina que algo es sano o enfermo; y desde dónde o desde qué elementos o criterios haremos esa definición.  
Adelantemos otras preguntas:
¬ŅHay normas universa¬≠les y estables? ¬ŅPueden ser relativas a determinada situa¬≠ci√≥n o cultura?
Las respuestas a estas cuestiones se van a dividir en dos grupos casi contrapuestos:


a)
Para unos, las normas emergen de cierta autoridad que tiene el poder de interpretar la naturaleza humana y las condiciones de los actos humanos, dictaminando qué es lo bueno y qué es lo malo.
Es la postura tradicional heteronomista (la ley est√° afuera del sujeto) com√ļn en todas las religiones y culturas pre-modernas. El sujeto siempre est√° en una posici√≥n infantil o de inmadurez, esperando que los "responsables" y autoriza¬≠dos emitan su veredicto, generalmente controlado con cas¬≠tigos y amenazas.¬†¬†

b) Para otros, las normas surgen de los propios sujetos que, utilizando su propia madurez y criterio, desde un di√°logo y una b√ļsqueda sincera con otros, teniendo en cuenta criterios cient√≠ficos y culturales, encuentran aquellas normas que hacen a su convivencia, respeto mutuo y bien com√ļn.
Es la postura "autonomista" (la ley desde uno mismo), característica de las personas y comunidades maduras, democráticas, libres y responsables. 
 


Es curioso constatar que mientras que en otras actividades humanas (como el trabajo, el ejercicio de la profesi√≥n, las relaciones humanas en general) se acepta de buen grado este ejercicio auton√≥mico de los seres humanos para autorregularse y controlarse mutuamente, en el terreno sexual las instituciones tutoras de la moralidad p√ļblica ejercieron un control absoluto y casi sin concesiones. Ser√≠a interesante averiguar por qu√©.

Mientras que hemos avanzado much√≠simo en cuanto al ejercicio de la democracia, de los derechos humanos y ciudadanos, de la libre expresi√≥n y de la responsabilidad social, pareciera que en el orden de la sexualidad seguimos siendo tan ni√Īos y tan inmaduros como cuando lleg√°bamos al uso de la raz√≥n.

Con respecto al √ļltimo fundamento de las normas, tambi√©n las posiciones se mueven por carriles muy diver¬≠sos.


a) Para unos, las normas fundamentales, o vienen directa­mente de Dios por medio de cierta revelación (leyes divinas), o surgen como ley de la misma naturaleza humana. En estos casos se habla de leyes naturales. Se dice que "es propio del ser humano" actuar de tal o cual forma.

Pero esta postura nos lleva a un callej√≥n sin salida, ya que se trata de un concepto ocioso, pues como ya vivimos en una determinada cultura, ¬Ņc√≥mo saber qu√© es "eso natural" del ser humano? ¬ŅY a qu√© naturaleza nos referimos, a la instintiva, a la racional, a la emocional?¬ŅY qui√©n nos puede garantizar que tal o cual norma viene directamente de la voluntad de Dios y no de una simple interpretaci√≥n cultural que la percibe como norma divina?¬†¬†


b) Esto
da pie a la otra posici√≥n: en realidad las normas emergen siempre de una necesidad de la misma sociedad y cultura que en su constante evoluci√≥n entiende que los comportamientos humanos deben regularse para el bien com√ļn de una forma o de otra. Incluso podemos pensar que ya desde el inconciente humano, o desde la estructura del cerebro, como afirma la moderna neuropsicolog√≠a, surge una necesidad innata de formas o normas de convivencia y conveniencia, y de un criterio de lo que es apropiado para tal o cual situaci√≥n,siempre al servicio de la vida.¬†


Pero siempre ser√° la sociedad la que da forma concreta a esa necesidad. A√ļn suponiendo que la naturaleza humana exige cierta forma de comportarse, nos preguntamos: c√≥mo podemos hablar de naturaleza humana despu√©s de cientos de miles de a√Īos de humanidad, y c√≥mo podemos hablar de leyes naturales cuando todas nuestras normas son vividas como buenas o malas seg√ļn una cultura u otra, con poqu√≠simas excepcio¬≠nes, como podr√≠a ser el incesto, el asesinato y el robo.


Pero resulta que en ciertas culturas el incesto entre miembros de la familia real era no sólo permitido sino exigido en ciertas circunstancias (como en la monarquía egipcia); en otras se habla de incesto en relaciones de segundo grado, de tercero, etc.; o que el homicidio se lo considera válido en casos de guerra o agresión del otro y así sucesivamente...
En todo caso, cada cultura siente que sus normas son vividas como las correspondientes a la naturaleza huma­na.

El esquema funciona muy bien hasta que se encuentra con otra cultura o paradigma que aplica normas diferentes y con la misma buena intención.


En el caso de la sexualidad, en Occidente y en el judeo­cristianismo podemos suponer que es de ley natural la monogamia. Pero resulta que con el mismo criterio la Biblia acepta la poligamia y lo mismo lo hacen los musul­manes y otras religiones y culturas.

Alguien podrá decir que en los comienzos de la huma­nidad no fue así, como si los primitivos seres humanos tuvieran una clara conciencia de lo que es la naturaleza humana ... cuando justamente fue eso lo que el ser humano ha ido aprendiendo a lo largo de milenios y todavía no se ha puesto de acuerdo en infinidad de puntos.


Por otra parte nos preguntamos: ¬ŅA qu√© naturaleza
humana nos referimos?
Si es a la naturaleza en sus manifestaciones espontá­neas o instintivas, mal podemos sacar de allí criterios de ética; si es la naturaleza humana educada y concientizada por ciertos principios que consideramos racionales o superiores, entonces preci­samente a eso lo llamamos "cultura".  

Lo cierto es que cada cultura entiende que "sus normas" son las mejores, las m√°s acordes con la naturaleza humana y, en m√°s de un caso, las que fueron reveladas por Dios en persona.


Pero, ¬Ņa qu√© Dios vamos a hacer caso cuando existen tantas contradicciones entre una propuesta y otra de cada religi√≥n y a√ļn dentro de una misma religi√≥n? ¬ŅAcaso la legislaci√≥n b√≠blica no condena con la muerte a lo ad√ļlteros, a los incestuosos o a los que tienen ¬†relaciones homosexuales? (Lev√≠tico 20, 10 y sigs.)
También permite y regula el divorcio (Deut. 24,1-4)
¬ŅAcaso no estaban casados los ap√≥stoles, los obispos y presb√≠teros en los primeros siglos de la Iglesia? ¬ŅTenemos hoy los mismos criterios?
 


La historia de la sexualidad humana y del matrimonio nos muestran hasta la saciedad que todo pudo estar prohi¬≠bido o permitido con ciertos matices, salvo el caso del incesto en primer grado (por motivos a√ļn no aclarados por la ciencia) y del adulterio (por atentar contra los derechos del pr√≥jimo).

Y como vemos hoy en día, muchas de las normas sexuales de la Biblia son impracticables inclu­so por los más fervorosos cristianos y judíos.

 

Esto nos indica que la humanidad revisa constante¬≠mente sus formas de relaci√≥n, que corrige esquemas y que d√≠a a d√≠a aprende a relacionarse desde nuevas circunstan¬≠cias y desde nuevos puntos de vista y valores. As√≠ cada grupo social elabora sus propios c√≥digos y criterios de √©tica, de moralidad y de salud y, aunque los pueda creer como los mejores y hasta inamovibles, la historia se encar¬≠ga de desmentirlos a√Īos o siglos despu√©s.¬†¬†


A muchas personas les puede resultar m√°s c√≥modo esperar que alguien les d√© las normas y asunto concluido. Pero en tal caso ¬Ņestamos hablando de una persona libre y madura?

Tambi√©n a ciertas instituciones les resulta m√°s expeditivo dictaminar desde sus esquemas normas (generalmente negativas) y prohibiciones a izquierda y derecha con el convencimiento de que ellas son las √ļnicas depositarias de la verdad.


Pero entrando la humanidad en el siglo veintiuno de la era cristiana, se hace muy difícil aceptar un criterio que no condice con la madurez y con los derechos humanos que varones y mujeres hemos adquirido aun a costa de sangre.

¬ŅEntonces no nos queda m√°s remedio que buscar por nosotros mismos e ir encontrando el camino de una sexua¬≠lidad sana y madura? No se trata de que "no nos queda m√°s remedio" sino que esto es lo hermoso y sano de la existencia humana: asumir nues¬≠tra responsabilidad y sentirnos creadores de nuestra vida, de nuestra sexualidad, de un mundo m√°s arm√≥nico y habitable.

Si en este punto renunciamos a este derecho y a esta obligaci√≥n, ¬Ņpor qu√© no renunciamos tambi√©n en otras √°reas, como en la vida pol√≠tica, por ejemplo?¬†¬†

 

3. Sentido de la √©tica y de sus normas: ¬Ņrestricci√≥n o vida?¬†¬†


Cuando se habla de normas, mucha gente protesta porque se siente cercenada en sus derechos o porque entiende que las normas van en contra del principio de la libertad. ¬ŅPara qu√© las normas?, se pregunta. En nuestra cultura occidental y cristiana, acostumbra¬≠dos a la heteronom√≠a, a restricciones de todo tipo en el ejercicio de nuestra creatividad, y a una normativa asentada en el autoritarismo y sin¬† explicaciones racionales convincentes, la pregunta tiene su sen¬≠tido y su raz√≥n de ser.

Hemos sido educados durante siglos desde las normas y prohibiciones de los otros, sin conocer ni siquiera su sentido. Se suponía que si algo estaba permitido, entonces era bueno, y si algo estaba prohibido, entonces era malo.
En realidad debe ser al rev√©s: porque algo es malo y da√Īino, se lo proh√≠be: y porque algo es bueno y sano, se lo estimula y permite.
Estamos acostumbrados a una ética de la censura y del castigo, al mejor estilo policial.
 Intentemos, pues, mirar las cosas desde otro punto de vista.

Pensemos, por ejemplo, que:

la ética es la forma sana y madura de vivir, y por tanto, está al servicio de la vida; que no es un conjunto de normas agregadas a la vida, sino una manera o estilo de vivir que consideramos sano, correcto y maduro.

Las normas emergen solas de ese estilo que consideramos el sano y correcto.

Imaginemos que estamos viajando en nuestro autom√≥¬≠vil a gran velocidad por una ruta que de pronto deja de tener se√Īales e indicaciones. ¬ŅQu√© nos sucede? Inmediatamente, am√©n de protestar contra el gobierno, bajamos la velocidad e intentamos conducir con la mayor precauci√≥n posible para evitar un accidente. En este caso, observamos que las normas de tr√°nsito y sus se√Īalizaciones est√°n al servicio de un viaje c√≥modo, r√°pido y seguro; o sea, al servicio de la vida de los ocasio¬≠nales transe√ļntes.¬†¬†


Y
éste debiera ser el sentido de la ética y de todas sus normas:

ayudarnos a vivir con plenitud todas las dimensiones de nuestra vida.

Por lo tanto, ayudarnos a vivir esta dimensión esencial del ser humano, la sexualidad, en forma integral, sana, armoniosa, placentera y creativa.Porque ésta es la cuestión que, al menos en Occidente, las religiones tradicionales no logran comprender, que la sexualidad está para ser vivida y vivida con gozo y pleni­tud.

Si hasta lo afirma la misma Biblia en el Génesis cuando dice que Dios creó al hombre varón y mujer, y vio que era bueno. (Gen 1,31)

Lo que varones y mujeres necesitamos es encontrar una forma o ciertas formas de relacionarnos con ecuanimidad, con afecto, con ternura, con placer, con felicidad. Las normas nos tienen que ayudar a convivir, no sólo civilizadamente, sino de la forma más plena, total y gozosa.  


Lo que tenemos que hacer como padres o educadores, sobre todo con los adolescentes, es ayudarles a encontrar­se a sí mismos, a relacionarse con respeto y amor, a vivir su sexualidad no como algo traumático o con consecuen­cias irreparables, sino de manera armónica, progresiva, disfrutando paso a paso una experiencia que es, de por sí, simplemente maravillosa.


Entonces, normas para vivir y para ayudar a vivir más y mejor.  

Cada grupo, comunidad o pareja, encontrar√° aquellas normas que, seg√ļn su educaci√≥n, edad, reflexi√≥n, cultura, religi√≥n, etc., considere las m√°s convenientes y sanas, respetando en otros el mismo derecho.


Hablamos de "normas", no de leyes taxativas y absolu­tas.

La norma busca la convenien­cia, la salud, dentro de un determinado contexto. Es la norma como indicación, como sugerencia, como reflexión, como una hipótesis de relación sana para el sujeto y para toda la comunidad. Norma o estilo de vida que se va mejorando con el tiempo y recreando por las nuevas generaciones.


Por supuesto, como lo veremos en puntos siguientes, también la sexualidad, como cualquier otra instancia hu­mana, tiene sus riesgos, límites y posibles enfermedades o patologías. No nos podemos acercar a un hombre o a una mujer de cualquier forma o con cualquier intención.

Tampoco basta decir que, dado que algo lo sentimos como espont√°¬≠neo, es bueno de por s√≠, porque nuestra "espontaneidad", te√Īida de instintividad, puede lesionar derechos de otras personas e incluso pro¬≠vocarnos perjuicios a nosotros mismos. Sucede con la espontaneidad sexual y la agresiva. No siempre lo espont√°neo es lo m√°s racional y prudente.¬†


La sexualidad no es un capítulo aparte de la vida humana, sino una dimensión esencial de esta vida; y por ser tal,
necesita cuidados, aprendizaje, corregir errores y asumir  responsabilidades.

Por lo tanto, la ética de la sexualidad es la forma armoniosa de vivirla, una forma saludable en todo el sentido de la palabra (salud integral) y una forma que conduzca a la felicidad de uno mismo y de los otros.         

 

Una ética
que contemple
todos los aspectos esenciales de la sexualidad:                                               


el unitivo (amistad, amor, comunicación transparente, diálogo),

el creativo (procreaci√≥n, vida en com√ļn, proyectos profesionales, culturales y art√≠sticos, etc.),

el expresivo a través del lenguaje del cuerpo y de todas sus manifestaciones,

el erótico que lleva a las sensaciones del placer,

el social, que tiene que ver con el género, con los roles masculino y femenino, con la identidad biológico-psicológico-social de cada uno.

Una √©tica o sentido de la sexualidad que atraviesa toda la vida humana, desde el √ļtero hasta la tumba, en diversas etapas de evoluci√≥n, crecimiento y madurez.

"√Čtica", decimos, que no son normas que se agregan a la sexualidad, sino que son la

forma armoniosa de vivir la sexualidad.

Esto sí que es un gran cambio de paradigmas.

 

4. La sexualidad: una variable dentro de las relacio­nes humanas. Sus valores y principios  

En varios momentos hemos aludido a que en nuestra sociedad solemos vivir la sexualidad como un "capítulo aparte". Entonces damos por sentado que también las normas que afectan a la sexualidad son un capítulo aparte y separado de las otras esferas de las relaciones humanas.

En nuestro sistema educativo la problemática sexual y afectiva fue abordada con todas aquellas precauciones que generan esta sensación de algo distinto, peligroso y separado del resto de las formas de convivencia humana.

Nuestra hipótesis, en cambio, es la siguiente:


La sexualidad es un caso m√°s de las relaciones humanas con el otro
y con la sociedad.
Por tanto, la conducta sexual y la ética sexual emergen  de la conducta y  ética de las relaciones humanas y sociales.  


¬ŅQu√© queremos decir con esto?
Que los mismos principios que rigen el comportamien­to social de los seres humanos en otros niveles, son los que rigen su comportamiento sexual.
Tan cierto es esto que hasta la misma Biblia en el Decálogo enumera las restricciones sexuales (no cometer adulterio y no codiciar la mujer ajena) dentro de un conjun­to de restricciones y normas de relación con el prójimo: no hurtar, no cometer homicidio, no mentir ni emitir falso testimonio, no codiciar los bienes del prójimo.
El Dec√°logo dedica a la sexualidad una sola restricci√≥n o pecado: "No cometer√°s adulte¬≠rio" (Exodo 20, 14). El deseo de la mujer del pr√≥jimo es presentado corno un caso de codicia, tal como lo dice el texto mismo: "No codiciar√°s la casa de tu pr√≥jimo, ni la mujer de tu pr√≥jimo, ni su esclavo, ni su buey, ni su asno, ni ninguna otra cosa que le pertenezca" (√Čxodo 20, 17).¬†¬†

Todas las normas se fundan en un principio general de respeto a los derechos del otro.

 

¬ŅQu√© agrega lo sexual al resto de las relaciones huma¬≠nas?¬†¬†

Lo que ya sabemos: se trata de relaciones entre personas de distinto o igual sexo donde entra a funcionar un plano de mayor  intimidad, donde el cuerpo y la relación física son un elemento de primer orden, todo ello dentro de un contexto de acercamiento erótico y amoroso y de cierta responsabilidad social específica.


Pero siempre se trata de relaciones entre personas... con las posibles variables (todas o alguna) de corporalidad, genitalidad, erotismo y amor.
Por tanto, los mismos principios que rigen nuestro comportamiento con las personas en muy variadas cir­cunstancias, son los principios que rigen nuestro compor­tamiento con las personas en el contexto sexual. Ni más ni menos.

Siempre actuamos como mujeres o como varones. Se trata, por tanto, de encontrar aquellas normas (formas de vivir) que resulten las mejores, más sanas, más positivas y más agradables cuando nos acercamos al otro sexo, cuando nos relacionamos intersexualmente con "otro" ser humano, igual a nosotros en derechos, necesidades y obligaciones. 

La relación sexual, como toda relación humana, siem­pre es algo de a dos... y siempre supondrá tener en cuenta al otro.

 

¬ŅY cu√°les son esos principios o valores que rigen tanto la vida general de relaciones humanas como las espec√≠ficamente sexuales?

 

Aunque los supongo harto conocidos, no está de más enumerar algunos de ellos, para descubrir en qué medida también se refieren a las relaciones entre los sexos.


- As√≠ en general hablamos de honestidad y sinceridad en el trato con el otro; de una intencionalidad sin dobleces ni mentiras o enga√Īos; de respeto a sus derechos, a su intimidad, a su forma de ser o a su mundo de valores; de actuar con libertad y respetar la libertad del otro; de sentimos iguales a los dem√°s sin dominarlos ni sojuzgarlos o desvalorizarlos. De sentirnos responsables de nuestros actos y de sus consecuencias.


- En las relacio¬≠nes sexuales los gestos y las palabras tienen que reflejar lo que expresan y dicen... y el lenguaje est√° siempre tan cerca de la veracidad como de la mentira, del enga√Īo, de la trampa, de la seducci√≥n con intencionalidades no confesa¬≠das. Por la sexualidad nos comunicamos y unimos.
Y en muchos casos, el miedo a relacionarse, enamorarse o emparejarse proviene de aqu√≠: ¬ŅNo me enga√Īar√°, ser√° cierto lo que me dice, podr√© confiar en √©l o ella?
Las relaciones intersexuales ponen a prueba la credibi¬≠lidad y la confianza: un fracaso en este punto puede generar por arrastre a√Īos de desconfianza.¬†
 


- Al mismo tiempo, procurar el bien del otro, su placer, su felicidad y el bien com√ļn de todos.
Actuar con solidaridad, con generosi¬≠dad y altruismo, no transformando al otro en un objeto sino un ¬ďt√ļ¬Ē con quien nos complementamos.
Ciertamente que el Amor en todas sus formas es el valor máximo de la sexualidad: afecto, ternura, donación, entrega. Sin afecto no hay salud.


- Otro valor destacable es la igualdad en el trato y la lucha contra toda forma de sometimiento, abuso,  violencia, discriminación y manipulación. En este tema insisten las Declaraciones de Derechos Humanos, y es inmensa la tarea a realizar. 


- En el caso de las relaciones √≠ntimas, surgen elementos como que el acto sea libremente aceptado por ambos, que se origine en el amor y en el respeto, que se asuman las posibles y ulteriores responsabilidades (compromiso); que se respeten los tiempos, el pudor, la forma de pensar y aun los tab√ļes¬† y prejuicios de cada uno.
Libertad y respeto: dos constantes de toda relación humana. Sentirse libre en la relación y sentirse respetado en esa libertad. 
 


- La fidelidad al otro, a la palabra y al compromiso asumido es otro elemento fundamental.
No se necesitan leyes para ser fieles: es asumirse a uno mismo en la palabra dada. La fidelidad es la base para la confianza. La relación de amor sexual implica por sí misma la fidelidad.

- Corno también el sentido de intimidad, de respeto al pudor y a la privacidad del otro, todo en un ambiente de afecto y de ternura, de comprensión mutua.
Si hay un campo en el cual podemos poner en práctica todos nuestros esquemas de relaciones es en el campo sexual, desde las variables de amistad, enamoramiento, amor, empa­rejarse, hacer el amor...

 

En encuestas que personalmente realicé entre estu­diantes secundarios, en lo que más se insiste es en el respeto al otro.
Quizá sea la palabra "respeto" la que refleje un conjunto de actitudes que esperamos del otro hacia nosotros: respe­to a nuestra dignidad de sujetos y no de objetos, a las decisiones, al cuándo, al cómo, a nuestro modo de pensar, a nuestras características de personalidad, al pu­dor, a los miedos, a nuestros tiempos de maduración...
En las nuevas generaciones las relaciones se han vuelto m√°s directas desde un lenguaje espont√°neo, y por momentos crudo; hay una verdadera b√ļsqueda de comunicaci√≥n sincera, de decirse las cosas, de no ocultarse nada, de ser simult√°nea¬≠mente amigos y amantes.


De allí nuestra hipótesis
o propuesta: las relaciones sexuales, en sentido amplio (cualquier relaci√≥n con el otro sexo) y en sentido estricto (intimidad sexual) no son un cap√≠tulo aparte de normas y restricciones, sino una de las variables, seguramente la m√°s rica, de las relaciones humanas, cuyas bases ser√°n siempre el respeto, la igual¬≠dad, la libertad, el gozo en com√ļn.

 

- Como es por todos conocido, hay un elemento que en las nuevas generaciones suele generar cierta resistencia: y es el carácter social de la sexualidad. Porque en la sexualidad no solamente ponemos en juego nues­tro nivel de relación con el otro (lo cual ya es un rasgo social), sino también un compromiso o vinculación tanto con el otro como con la sociedad toda.


Hay una tendencia a ver la sexualidad como algo de a dos exclusivamente, o como un derecho puramente individualista hacia el propio cuerpo (así en ciertas feministas radicalizadas).
Pero los seres humanos siempre estamos enclavados en una sociedad, de la que recibimos mucho, la vida entre otras cosas, y a la que tarde o temprano también debemos darle mucho.
No somos ¬ďislas¬Ē, estamos en permanente relaci√≥n.


Así las relaciones sexuales sanas y armónicas no sólo nos otorgan felicidad sino que van cons­truyendo una sociedad mejor, más armónica y positiva; las parejas estables y las familias se van transformando en células, no sólo de nuevos seres humanos, sino también de valores, de creatividad, de proyectos, de propuestas abier­tas a la comunidad, al barrio, al país.


La salud sexual y la ética sexual aluden también a este sentido social de la sexualidad que, si no puede ser exclusivizado en la paternidad y en la maternidad responsables, la incluyen como creatividad y educación de los hijos; como sentido y compromiso social expresado siempre en verdaderas concreciones de proyectos e ideales, de felici­dad compartida, de solidaridad mutua, de apertura hacia los otros.


"La creatividad del placer sexual es la inmensa necesidad de devolver a los demás algo de la plenitud recibida; es fruto de la eclosión, de la superación de uno mismo y de la entrega.
La plenitud alcanzada a través del placer sexual se expande todavía más en una eclosión ante todo y ante todos" (Caterina Jacobelli, doctora en Teología Moral, en Risus Paschalis)


S
obre estos temas ver  otros artículos de nuestra página web sobre una sexualidad integral, por ejemplo:

"Sexualidad, modelo holónico"
"Pareja sexual madura, las 4 ruedas"

- Y por cierto, que todos estos aspectos no est√°n desde un comienzo ni menos en su plenitud, sino que se van logrando en un largo proceso y aprendizaje que dura toda la vida.


Toda √©tica, y la sexual en particular, no exige normas y madurez a ni√Īos, adolescentes y adultos de la misma forma sino que tiene en cuenta la comprensi√≥n y el desarrollo de cada etapa; es una √©tica comprensiva, amorosa, que acompa√Īa un crecimiento, que sugiere, que aconseja, que co-rrige, que no condena ni crea traumas, miedos y culpas. Algo tan del sentido com√ļn que hasta me cuesta mencionarlo.


Padres y educadores somos los amigos y acompa√Īantes de nuestros hijos y educandos, no los censores y represores. No siempre la maduraci√≥n biol√≥gica o mental va acompa√Īada con la maduraci√≥n psicol√≥gica, emocional y √©tica, como les pasa a los adolescentes que llegan prematuramente a la madurez f√≠sica genital sin alcanzar los otros niveles madurativos (algo que tambi√©n les pasa a muchos adultos).

Por tanto, una ética humanizada, comprensiva, positiva, abierta, adaptada a cada edad y siempre proyectada hacia esa madurez que está adelante.

 

- Consecuencia importante de todo lo dicho: no podemos juzgar de la misma forma relaciones sexuales entre novios comprometidos que una relaci√≥n ocasional o la que se realiza con una prostituta; o un juego sexual entre ni√Īos que un abuso sexual.
Algo del sentido com√ļn que no siempre se tuvo en cuenta en la moral tradicional.
 

 

Contin√ļa en b) Pr√≥ximo