Partidos Políticos a. Conceptos, origen, tipos, estructura, dirección, financiamiento

LOS PARTIDOS POLÍTICOS:
CONCEPTOS GENERALES Y FUNCIONES


Los partidos políticos, junto con las Organizaciones y Movimientos Sociales, son el
principal instrumento de participación política y canal
privilegiado para expresar el pluralismo en las instituciones.

Son los partidos políticos los que transforman el pluralismo social en pluralismo
político.

Los Partidos Políticos, surgidos a fines del siglo XIX, como una necesidad de la sociedad
para su propia organización institucional y para dar respuesta a los problemas de los
grandes sectores ciudadanos (patronos, obreros, nobleza, pueblo), con exigencias sociales
y políticas a menudo contrapuestas, hoy se hallan profundamente cuestionados por toda
la sociedad, alcanzando un desprestigio alarmante, lo que habla de la crisis por la que
atraviesan al igual que sus dirigentes.

Sin embargo, siguen siendo “instituciones fundamentales del sistema democrático”,
a tenor del art. 38 de la Constitución Nacional; y los únicos canales, a través de los
cuales, los ciudadanos ejercen su voto para elegir a sus representantes y máximas autoridades.
Muchas son las preguntas que se hacen los ciudadanos sobre la validez
y utilidad de los Partidos que manifiestan tanta distancia entre lo que debieran ser y
lo que realmente son.

 

Transcribimos a continuación conceptos de Jordi Matas Dalmases,
Profesor de Ciencia Política y de la Administración de la Universitat de
Barcelona,
con algunos comentarios sobre Argentina.

 

1. Introducción 

En los sistemas políticos democráticos actuales, basados en el pluralismo, los partidos
se han convertido en el
de mediadores entre la sociedad civil y el Estado,
tienen la obligación de procurar que el pluralismo político esté presente
en las instituciones.
 

Los partidos políticos, pues, tienen su razón de ser por excelencia en los regímenes
políticos
basados en un sistema de representación.

En ellos, gracias al apoyo popular expresado en el sufragio, los partidos pretenden
obtener
una representación parlamentaria suficiente como para poder realizar un proyecto
político determinado, un programa político global para toda la sociedad.

Por esta razón, el objetivo principal de cualquier partido es la consecución del poder
político, considerado como un instrumento de transformación y mejora de la sociedad,
y, para la
consecución de tal poder, es necesario que los diferentes partidos se enfrenten en
el contexto
de una lucha pacífica y racional a fin de obtener apoyo social.

Desde su origen en la Europa Occidental del siglo XIX hasta la actualidad, los partidos
han evolucionado de un modo paralelo a la sociedad.

Por consiguiente, por más que los partidos sean un tipo de organización relativamente
joven,
se han transformado notablemente y han sido capaces de una extraordinaria adaptación
 a los vertiginosos cambios de los últimos años.

Sin embargo, pese a estos cambios sociales, los partidos todavía siguen siendo los
instrumentos principales de representación de la voluntad política en las sociedades
democráticas.
 

 

2. El concepto de partido político 

El concepto de partido político es un concepto móvil que ha ido transformándose a
medida que la sociedad evolucionaba. Si bien en un primer momento los teóricos
pusieron más énfasis en el aspecto asociativo o ideológico de los partidos (como
sucede en Constant, Burke, Marx o Engels), posteriormente tendieron a subrayar
otros aspectos, tales como el organizativo, el temporal y el representativo o electoral
(como sucede en Ostrogorski, Weber, Michels, Duverger o Sartori).

Es difícil ofrecer una definición que pueda englobar a todos los partidos políticos de
todas las épocas   y todos los países, puesto que, tanto desde el punto de vista interno
(organización, funcionamiento, estructura...) como desde el externo (sistema político,
sistema de partidos, funciones...), los partidos han sido y siguen siendo muy
heterogéneos.

Conscientes de la necesidad de definir el concepto de un modo amplio, podríamos
calificar de «partido político» a una asociación de individuos unida por la defensa
de unos intereses, organizada internamente mediante una estructura jerárquica,
con afán de permanencia
en el tiempo y cuyo objetivo sería alcanzar el poder político, ejercerlo y llevar a
cabo un programa político.
 

El objetivo principal de cualquier partido político y su característica más definitoria es,
según la mayoría de autores, alcanzar el poder político y, sólo o en coalición, llevar a
cabo un programa de gobierno para toda la sociedad y, al mismo tiempo, defender los
intereses que representa.

El partido político (...) tiene la aspiración de realizar sus fines desde la cúspide del
poder político,
es decir, desde el parlamento y, sobre todo, desde el gobierno.

Este enfoque parlamentario y gubernamental de la acción de los partidos políticos es lo
que les diferencia de los grupos de presión, puesto que los grupos de presión no ejercen directamente el poder político, sino que se limitan a influir en la adopción de decisiones
por parte de aquellos que
lo ostentan.

Asimismo, los grupos de presión tampoco tienen un programa global de gobierno para
toda la sociedad, sino que defienden unos intereses y elaboran unas líneas de actuación
que son marcadamente sectoriales.

 

3. El origen de los partidos políticos 

La aparición de los partidos políticos se produjo en primera instancia con el desarrollo
del parlamentarismo y, posteriormente, con el incremento de la participación popular en
el ámbito de
las decisiones políticas y, más concretamente, con la ampliación y extensión del derecho
de sufragio.

Por tanto, no existen partidos políticos tal como los hemos definido previamente hasta
el siglo XIX, es decir, hasta la transformación del Estado liberal en democracia política.

Los primeros países donde se crearon partidos políticos fueron aquellos que disfrutaban
de un sistema político liberal: algunos países europeos y Estados Unidos.
 

Puede parecer paradójico que los partidos políticos nacieran en el seno de los Estados
liberales, ya que la base ideológica del liberalismo era el individualismo y la teoría de la
voluntad general, una base ideológica que en principio tendría que suponer el rechazo de
cualquier fenómeno ‑como los partidos‑ que resquebrajara estos principios y la unidad
de la nación.

Pero la instauración de regímenes liberales comportó el desarrollo del parlamentarismo,
es decir, la existencia de unos representantes de la sociedad encargados de sustituirla
y expresar la voluntad de toda la colectividad, así como la vinculación entre la mayoría
parlamentaria y el gobierno.

En los parlamentos los representantes se juntaron en diversos grupos ‑los grupos parlamentarios‑ bajo la dirección de líderes a fin de llevar a cabo una actuación conjunta
en defensa de unos intereses determinados: regionales, profesionales, pero, sobre todo,
ideológicos.
Uno de los primeros antecedentes del fraccionamiento político del parlamento
lo constituyó, en la Gran Bretaña del siglo XVII, la división de los parlamentarios entre
tories, conservadores, y whigs, defensores de la libertad política y religiosa, de la
separación entre Iglesia y Estado y de la independencia del propio parlamento.

El proceso de creación de grupos parlamentarios fue, pues, un paso previo a la creación
de los partidos políticos.
 Si bien inicialmente los representantes de la nación sólo eran
escogidos por unos determinados ciudadanos “notables”, pues sólo se permitía votar a
aquellos que tenían más status (nobles), poder económico o más formación intelectual, posteriormente el derecho de sufragio se amplió a medida que los Estados liberales se democratizaban, lo que comportó la potenciación de las funciones del parlamento y su independencia.

De este modo, el parlamentarismo se consolidó paralelamente al proceso de ampliación
del derecho de sufragio y a la consiguiente participación del pueblo en la elección de sus representantes. De una competición electoral que se fundamentaba en el enfrentamiento
entre facciones (de notables y burgueses) con distintos matices ideológicos, se pasó a
una competición electoral fundamentada en una lucha encarnizada entre grandes grupos
sociales con intereses políticos marcadamente diferenciados (aparición del socialismo
enfrentado al capitalismo)

Además, la ampliación del derecho de sufragio implicó un cambio en las reglas de juego
y provocó que aquellos que querían acceder por primera vez al parlamento o permanecer
en el mismo tuvieran que organizarse y utilizar nuevas estrategias para llegar hasta los
nuevos electores y conseguir su voto.

En un primer momento, estas organizaciones ‑los comités electorales‑ tuvieron un ámbito
territorial que estaba reducido a la esfera local, pero con el tiempo su ámbito de acción
se fue extendiendo.
La actuación conjunta y la interrelación entre grupos parlamentarios y comités electorales
comportó la génesis de los partidos políticos y la pérdida progresiva de influencia de las personalidades políticas, que hasta entonces eran los ejes alrededor de los cuales giraba la
actividad política.
 

La aparición de los nuevos partidos de masas supuso una ruptura con el pasado al
incorporar de forma espontánea y no institucionalizada un conjunto de ideas e
intereses sociales que implicaban una reacción de la sociedad frente al Estado para
poder alterar la estructura conservadora de dominación y dar paso a la
 institucionalización del pluralismo.

Así, por más que al principio los regímenes liberales creados por la burguesía no
necesitaran partidos porque no eran regímenes democráticos y se basaban en la
participación de un único segmento social, pronto los partidos políticos se convirtieron
en instrumentos necesarios para la preparación de las elecciones y para la elección de
los representantes de la sociedad.

Aquellos que ya eran representantes y estaban dentro del parlamento crearon partidos
desde esta institución ‑origen interno‑, mientras que aquellos que nunca habían
conseguido llegar al parlamento crearon partidos desde fuera ‑origen externo‑,
pensando, no obstante, en su futura presencia en el parlamento.
 

 

 

4. Tipologías de partidos 

Cuanto más diverso y heterogéneo es aquello que se quiere clasificar, más difícil y
extensa es la clasificación.

La mayoría de los autores que han escrito sobre los partidos han elaborado su propia
clasificación y han tenido en cuenta elementos tan diversos como la ideología, el ámbito
de actuación, el régimen jurídico, la organización interna, el papel que ocupan en
relación a las instituciones del estado, la base social, etc.

Las dos tipologías que han influido más desde la perspectiva de la ciencia política son
la de Maurice Duverger y la de Stein Rokkan.
 

A) Para realizar su clasificación, Duverger (1981) se ha centrado en el aspecto
organizativo de los partidos
y ha efectuado una distinción entre partidos de masas y
partidos de cuadros.

1. Los partidos de cuadros o de notables serían aquellos que aparecieron
históricamente primero y estarían muy ligados a la actividad parlamentaria.

Puesto que cuando se formaron todavía existía el sufragio conforme a un censo
limitado, y la participación en los asuntos públicos estaba restringida, estos partidos
no priorizaban el reclutamiento de militancia sino que eran selectivos al máximo
y se componían exclusivamente de personas con prestigio, recursos económicos
o influencia.

2. Con la introducción del sufragio universal y la aparición de los partidos de masas,
los partidos de notables tuvieron que modificar su estructura a fin de dar cabida a
unas masas que ya empezaban a ser protagonistas del proceso político.

Mantuvieron unos dirigentes que se articulaban en una red de notables, pero
empezaron a contar con el apoyo de sectores más amplios de la sociedad.
A medida que se fue ampliando el derecho de sufragio aparecieron los partidos
socialistas
que orientaron su organización hacia la participación masiva de todos
aquellos sectores que hasta entonces habían estado marginados del sistema político
y que ahora tenían la posibilidad de influir en el mismo.

Este modelo de organización, abierto a la participación, es el propio de los partidos
de masas.

Tales partidos potenciaban al máximo el reclutamiento de nuevos miembros, entre
otras razones porque ello les permitía financiarse mediante el sistema de cuotas
de los afiliados.

Ello comportó que individuos con una preparación escasa o nula entraran en el partido,
individuos que el mismo partido se encargaba de educar y reciclar políticamente.

Partidos muy marcados ideológicamente, disciplinados, jerarquizados y centralizados,
con una actividad constante y un entramado organizativo que necesitaba de la
dedicación exclusiva al partido de una parte de la militancia, lo que comportó el
nacimiento de una burocracia con tendencias oligárquicas en el seno de los mismos.
 

(A la distinción efectuada por Duverger sería necesario añadir un nuevo tipo de partido
político, definido por Otto Kirchheimer como catch all party que analizaremos en
tema aparte) 
 

B) Rokkan (1982) fundamenta su tipología de los partidos en los ejes de conflicto o  
cleavages
sociales (clivages) que se producen paralelamente al proceso de formación
de los estados nacionales y a la revolución industrial, con la convicción de que los
grandes conflictos políticos históricos han influido decisivamente en la creación de
los partidos políticos actuales.

La clasificación realizada por Rokkan se basa, en consecuencia, en los elementos
programáticos e ideológicos
, a diferencia de la de Duverger, basada en los organizativos.

Rokkan señala cuatro ejes de conflicto, los dos primeros debidos al proceso de formación
de los Estados nacionales y los dos segundos a la revolución industrial, de los cuales
surgirían ocho tipos de partido.

El primer eje de conflicto sería el que se produce entre el centro y la periferia, entre
las elites políticas de los nuevos Estados que quieren unificar la sociedad e imponerse
a la periferia y los grupos sociales de la periferia que quieren mantenerse fieles a sus
pautas de identidad, lo que comporta la aparición de partidos centralistas de ámbito
estatal y de partidos de ámbito territorial más reducido, con voluntad regionalista,
autonomista o independentista (caso argentino: unitarios y federales)

Un segundo clivaje hace referencia a las relaciones entre Iglesia y Estado, a los
conflictos entre la presencia y predominio de la Iglesia en el sistema político y la
voluntad de secularizar la vida política, que comporta la aparición de partidos
confesionales y de partidos aconfesionales o laicos.
El tercer eje de conflicto, provocado por la industrialización, es el que se produce
entre la ciudad y el campo, entre los intereses de los comerciantes e industriales
y los intereses de los campesinos, que comporta la aparición de partidos urbanos
defensores del sector secundario y de partidos agrarios defensores del sector
primario.

El cuarto y principal clivaje separa el trabajo asalariado y el capital con la creación
de partidos defensores de los propietarios y de partidos defensores de los
trabajadores.

Estas cuatro oposiciones político‑sociales se habrían desarrollado de forma desigual
en los diversos Estados, pero conviene indicar que la cuarta sería la que más
partidos habría creado a lo largo de todo el siglo XX y la que más se habría utilizado
para distinguir entre partidos de izquierda y de derecha.

 

5. La constitucionalización de los partidos políticos  

l proceso de constitucionalización de los partidos ha sido un largo proceso que les ha
permitido salir de la clandestinidad y ser reconocidos como pilares de los sistemas
democráticos. Heinrich Triepel (1980) estableció las etapas siguientes en lo que
concierne a la relación entre derecho y partidos políticos:

una primera etapa de ignorancia e incluso rechazo explícito, que correspondería a las
constituciones elaboradas desde el prisma de la teoría liberal, una teoría que
consideraba al individuo como único sujeto político y a los partidos políticos como
perturbadores y potencialmente destructores de la unidad y coexistencia pacífica
de la sociedad y limitadores de la libertad de los individuos;

una segunda etapa de mero reconocimiento legal de su existencia y funciones,
originada por el desarrollo de la actividad parlamentaria y el protagonismo
acentuado de unos procesos electorales que son cada vez más democráticos y
proporcionales; y

una última etapa en la que la regulación de los partidos políticos se convierte en
necesaria y se introduce en los textos constitucionales, reconociéndose su
protagonismo en la construcción de una sociedad democrática y su importancia
en el funcionamiento de la maquinaria de los sistemas políticos democráticos

No fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial, a medida que se afianzaron
los sistemas democráticos, cuando la figura de los partidos políticos empezó a ser
introducida en unas constituciones discutidas y elaboradas por los propios partidos.

La racionalización del Estado, visible en las nuevas constituciones democráticas,
permitió que los partidos políticos, legitimadores de los sistemas de democracia
representativa, dejasen de estar al margen del derecho.

Sobre todo, fue en aquellos países que habían tenido regímenes fascistas ‑
regímenes obsesionados por la unificación nacional y por el control absoluto de
la población‑ donde se introdujo primero la figura de los partidos en la constitución,
como sucedió, por ejemplo, con la constitución italiana de 1947 y la alemana de
1949, que recogían la libertad de asociación y de creación de partidos políticos
como un elemento básico para la formación de la voluntad política.

Posteriormente, el reconocimiento constitucional de los partidos políticos se
extendió al resto de constituciones europeas y se crearía lo que se denomina
un «Estado de partidos», es decir, un nuevo Estado democrático y representativo
en el cual la relación de representación se basa en los partidos políticos y su a
ctuación en el marco del sistema que componen los mismos.
 *

 En Argentina, la constitucionalidad de los Partidos Políticos está dada desde
la última reforma constitucional de 1994, con el art. 38:

“Los partidos políticos son instituciones fundamentales del sistema
democrático.

Su creación y el ejercicio de sus actividades son libres dentro del respeto
a esta Constitución, la que garantiza su organización y funcionamiento
democráticos, la representación de las minorías, la competencia para la
postulación de candidatos a cargos públicos electivos, el acceso a la
información pública y la difusión de sus ideas.

El Estado contribuye al sostenimiento económico de sus actividades y de
la capacitación
de sus dirigentes.

Los partidos políticos deberán dar publicidad del origen y destino de
sus fondos
y patrimonio”

 

6. La estructura interna de los partidos políticos 

Como cualquier otro tipo de asociación, los partidos políticos necesitan
organizarse internamente y crear una determinada estructura que les permita
llevar a cabo sus funciones. Por más que inicialmente las estructuras organizativas
de los diferentes partidos eran muy distintas, se han homogeneizado a medida
que evolucionaban.
La primera gran distinción se establece entre aquellos que
son miembros del partido y aquellos que no lo son. 
 

1 Por lo que respecta a los miembros del partido, nos encontramos

en primer lugar con aquellos que simplemente son afiliados, que tienen su carnet
y se limitan a pagar una cuota –hoy en desuso‑ y que no realizan ninguna o
casi ninguna actividad en el seno de la organización.

En segundo lugar, nos encontramos con los militantes que, además de cotizar,
realizan un trabajo dentro del partido ‑asistir a las reuniones, colaborar en las
campañas electorales, preparar los congresos del partido, preparar y asistir a los
actos públicos del partido, etc.

Dentro de este segundo grupo, Panebianco (1990) distingue entre los

«creyentes o comprometidos»: es decir, aquellos que participan guiados por un
«incentivo colectivo», que se identifican con el partido y su ideología, son
solidarios con el resto de los militantes y que luchan constantemente por la
causa; y aquellos que denomina

«arribistas», es decir, aquellos que participan guiados por ambiciones materiales,
de poder o de estatus y que buscan con egoísmo el beneficio propio.

En tercer lugar, tenemos al grupo de los permanentes, aquellos individuos que
trabajan de una manera estable en el partido y cobran un sueldo.

Y en cuarto lugar tenemos finalmente a los dirigentes del partido ‑cuadros, líderes
o elites‑, que son los responsables principales del funcionamiento del partido y
actúan de un modo oligárquico.
 

2 Aquellos que no son miembros del partido y que, sin embargo, están situados
dentro de su esfera, pueden clasificarse de la siguiente manera: en primer lugar,
los

votantes fieles, es decir, los votantes que se limitan a votar al partido en las
elecciones y que sólo se sitúan en la esfera del partido en este tipo de actos
y no mantienen relación alguna con el partido entre elección y elección;
en segundo lugar, los

simpatizantes, es decir, aquellos que, además de votar al partido, defienden
y en ocasiones difunden sus postulados, participan en algunos actos públicos
que organiza el partido y lo ayudan económicamente de forma esporádica,
sin que todo ello implique ningún compromiso formal.

Desde un punto de vista numérico, el grupo de los votantes fieles es el
más numeroso, seguido por los grupos de los simpatizantes, los afiliados,
los militantes y los permanentes en orden decreciente, hasta llegar al
reducido grupo de los dirigentes.

 

Es necesario indicar que la afiliación a los partidos ha disminuido en los
últimos años.

Las causas son diversas:

en primer lugar, estaría relacionada con la aparición del Estado de bienestar
y la consiguiente homogeneización de las condiciones sociales, que ha
comportado el enfriamiento de las encarnizadas luchas políticas llevadas a
cabo por partidos muy identificados con determinadas clases sociales,
partidos que requerían un elevado número de militantes y una alta
participación de los militantes en los mismos.

En segundo lugar, el hecho de que la principal financiación de los partidos
sea pública, y de que no dependan como antes de la financiación de los
afiliados, ha contribuido también a esta disminución.
En tercer lugar, los
afiliados o militantes han dejado de ser los protagonistas de la función
socializadora y de captación de votos de los partidos, puesto que,
con la aparición de los medios de comunicación de masas y la
correspondiente potenciación de las figuras de los líderes, se ha
comprobado la mayor efectividad de la comunicación de masas y
el liderazgo para la difusión del mensaje político.

Finalmente, tal vez sería necesario considerar el hecho de que la opinión
pública parece tener una visión cada vez más negativa de los partidos políticos,
debida básicamente a los abusos de poder y a la utilización de vías irregulares
de financiación para hacer frente al gasto creciente que comporta la
competencia electoral.
 

El partido, entendido como un conjunto de individuos dispersos por un territorio
que actúan en una dirección determinada, necesita de algún tipo de organizaciones
de base
que agrupe sus miembros y los conecte con la esfera del partido.
La organización de base ha variado en el tiempo y es diferente según el tipo de
partido.

El primer tipo de organización de base fue el comité, que consta de un número
reducido y selectivo de miembros. Al comité no le interesa aumentar la cantidad
de sus miembros, sino que estos sean notables, personas con influencia, y que
se renueven por medio de la cooptación.

El ámbito de actuación del comité es una área geográfica reducida que
normalmente coincide con la circunscripción electoral. Su función no es tanto
difundir un mensaje ideológico determinado como captar electores, hasta el punto
que puede afirmarse que el comité actúa sólo en los períodos electorales y que
prácticamente desaparece entre elección y elección. 
 

El segundo tipo de organización de base es la sección, típica de los partidos
socialistas, pero adoptada también por la mayoría de masas.

El objetivo de las secciones es reclutar el máximo número de militantes, los cuales
entran a formar parte de la sección que les corresponde según su lugar de residencia.
El ámbito de actuación de la sección es el distrito o el municipio, según las
dimensiones de la población.

La sección desarrolla una intensa actividad política de modo permanente, actividad
que comprende desde el reclutamiento constante de nuevos afiliados hasta su
formación y educación (reuniones, debates, etc.).

Cada sección, dado el elevado número de miembros que la componen, tiene una
organización interna   estable que forma parte, al mismo tiempo, de una estructura
mucho mayor articulada de forma piramidal, la de todo el partido.

La sección no está tan descentralizada como el comité, puesto que su actuación se
integra en un todo del cual depende. Mientras que el comité tiene una vida
autónoma, la sección presenta una acusada dependencia de sus órganos
superiores y se relaciona con más intensidad con las otras secciones.
        

Un tercer tipo de organización de base es la célula, prácticamente en desuso
hoy  en día. Organización de base propia de los partidos comunistas, agrupa a
sus afiliados según el lugar de trabajo o profesión, lo que permite un enlace
continuo entre los mismos y la discusión permanente sobre cuestiones
relacionadas con el mundo laboral.

El objetivo de la célula no es electoral sino de agitación, propaganda y formación
política en el ámbito profesional, por lo que tiende a actuar conjuntamente con
los sindicatos.

El número de miembros de una célula es mucho más reducido que el de una
sección con la finalidad de agilizar y aumentar la eficacia de una actuación
que se desarrollaba habitualmente en la clandestinidad. A medida que se
legalizaron los partidos comunistas, abandonaron la estructura basada en la
célula y adoptaron el modelo de la sección.
        

Finalmente, un último tipo de organización de base es la milicia, propia de
los partidos fascistas.

Lo que caracteriza a la milicia es una estructura militar absolutamente
jerárquica. Sus miembros son individuos muy disciplinados y cohesionados,
entrenados militarmente y que se rodean de símbolos de identificación
‑banderas, escudos, uniformes, himnos, etc.

Su movilización no es permanente, sino que, mediante entrenamientos
periódicos, deben estar siempre preparados para obedecer cualquier
orden proveniente de sus jefes.

El número de individuos que forman parte de una milicia es muy reducido
y sus objetivos no son electorales ni parlamentarios; quieren, al contrario,
derribar el régimen democrático, lo que no significa que no puedan utilizar
el parlamento y las elecciones para conseguirlo.

Este tipo de organización de base, al igual que la célula, prácticamente ha
desaparecido, aunque el resurgir de partidos de carácter fascista en Europa
puede provocar su reaparición.
      
En la actualidad, los partidos políticos se estructuran mediante organizaciones
de base similares al comité o la sección, que pueden ser territoriales o sectoriales
y reciben distintos nombres. Todas las organizaciones de base, presenten una
interdependencia mayor o menor, están conectadas entre sí y dependen de una
estructura piramidal que está por encima de las mismas, compuesta de
instancias intermedias superiores y unos órganos decisorios o ejecutivos.

Las instancias superiores intermedias situadas entre las organizaciones de
base y los órganos decisorios tienen normalmente un ámbito de actuación que
se corresponde a la circunscripción electoral o a la división administrativa estatal,
es decir, un ámbito que es superior al de las organizaciones de base e inferior
‑al de los órganos decisorios centrales.

Sus funciones principales son coordinar las organizaciones de base y garantizar
que éstas apliquen las decisiones tomadas por los órganos superiores.
 

El órgano superior de los partidos es la  convención, asamblea general o congreso,
formado por un número determinado de compromisarios o delegados que
representan las diversas organizaciones de base y que se reúne de forma periódica.

El número de delegados de cada organización de base que asiste a la asamblea
general o congreso normalmente es proporcional a su número de afiliados y los
delegados son elegidos por los miembros de la organización de base.

La función principal de la asamblea general o congreso consiste en acordar las
directrices políticas generales del   partido y elegir el órgano ejecutivo
permanente del partido, que será el órgano superior del partido entre congresos.

Este órgano elige a su vez un número más reducido de personas ‑los auténticos
dirigentes del partido‑,que tienen también funciones decisorias y ejecutivas, con
la finalidad de agilizar y aumentar la eficacia del funcionamiento cotidiano
del partido.

La estructura piramidal que hemos descrito es, a grandes rasgos, la que
tienen en la actualidad la mayoría de los partidos políticos.

Lo que diferencia a unas estructuras piramidales de otras es, entre otros elementos,
el grado de autonomía de las organizaciones de base y su capacidad de participar
en el proceso decisional del partido, el grado en el que se permiten corrientes o
fracciones internas y, en definitiva, su democracia interna.

 

7. La dirección de los partidos políticos 

Puesto que la vida de los partidos depende cada vez más de lo que deciden sus
órganos de dirección y no del debate y la discusión que realizan sus afiliados,
es preciso dedicar un breve apartado a la dirección de los mismos.

La centralización y concentración del proceso de toma de decisiones en un
órgano director numéricamente reducido y el hecho de que este proceso no
se efectúe desde los niveles inferiores a los superiores puede dar lugar a la
existencia de tendencias oligárquicas y prácticas antidemocráticas, algo que
es particularmente grave si se considera que una de las funciones de los
partidos políticos es la de mecanismo de legitimación de los sistemas
democráticos.

Conviene analizar, pues, cómo se justifica esta concentración del proceso
decisional en manos de una dirección reducida, qué consecuencias puede
comportar este hecho y, en concreto, si ello puede poner en peligro la
democracia interna de los partidos.

La dinámica derivada de la complejidad social obliga a que, en numerosas
ocasiones, los partidos tengan que tomar decisiones con una cierta urgencia
y sin un margen de tiempo suficiente para debatir tal decisión.

Ello provoca que el proceso global que comportaría empezar un debate previo
en las organizaciones de base hasta la decisión final en un órgano representativo
‑proceso necesario para satisfacer el requisito de democracia interna‑, no sea
operativo y que los que discutan y decidan sean aquellos que han sido elegidos
para ocupar un lugar en los órganos de dirección centrales.

Sin embargo, además de la escasez de tiempo que implican las decisiones
urgentes, algo que comporta necesariamente una división jerárquica del trabajo
en el seno del partido, existen otras razones más importantes que provocan que
los partidos dejen en un segundo plano la discusión política de sus afiliados.

Toda organización, como observó Michels al formular su «ley de hierro
de la oligarquía
», se fundamenta en prácticas oligárquicas.

Los líderes del partido se rodean de un pequeño número de personas que les
son fieles y que, junto
a ellos, constituyen una elite que decide la estrategia y la táctica del partido.

Por consiguiente, los partidos pueden llegar a representar la voluntad de la
respectiva elite y no la
de sus afiliados.

Así, la «coalición dominante» controla las relaciones del partido con su entorno,
los canales de información y comunicación del partido, la elaboración y la
interpretación posterior de las reglas formales internas del partido, la
financiación y el reclutamiento y promoción de la militancia.
Además, la «competencia», es decir, la experiencia en el manejo de las
relaciones político‑organizativas internas y externas, debe ser reconocida
por los demás como una cualidad de los dirigentes imprescindible para el
buen funcionamiento de la organización y para ejercer ciertos roles dentro
del partido (Panebianco, 1990).
 

El liderazgo, la división del trabajo, la concentración de la dirección en unos
pocos, la oligarquía, son fenómenos que pueden poner en peligro la
democracia interna en los partidos políticos.

Los partidos se presentan como organizaciones aparentemente democráticas,
pero en el fondo son organizaciones teñidas de elementos «meritocráticos» .

Incluso en aquellos partidos que intentan evitar cualquier tipo de oligarquía
encontramos elementos oligárquicos, como si ello fuera una consecuencia
de su naturaleza intrínseca.

No obstante, existen partidos donde se produce un mayor predominio de las
tendencias oligárquicas y otros donde éstas son prácticamente inexistentes.

El grado de oligarquía en el seno de los partidos políticos no sólo depende de
su ideología, sino también de su magnitud.

Son los partidos más grandes y con mayor presencia en las instituciones los
que tienden a otorgar un poder mayor a sus líderes y a tener un funcionamiento
interno menos democrático.

En términos ideológicos, puede observarse que los partidos conservadores
son los que tienden más a las prácticas oligárquicas, mientras que los
partidos de izquierda son menos propensos a las mismas o, al menos, más
inclinados a desarrollarlas de un modo más encubierto y sutil.

El poder de la cúpula dirigente se intenta reforzar incluso por medio de los
congresos o asambleas ‑los órganos que teóricamente garantizan el
funcionamiento democrático de los partidos‑, promoviendo que se aprueben
líneas de actuación definidas previamente por los líderes, procurando que
salgan elegidos delegados poco conflictivos o continuistas, o filtrando las
enmiendas a los documentos redactados por la dirección.

Por consiguiente, el control democrático en el interior de los partidos es
muy escaso y los líderes tienen un gran margen de discrecionalidad para
orientar política y estratégicamente al partido sin tener que hacer
demasiadas consultas ni concesiones al conjunto de los afiliados.
I
ncluso cuando los líderes agotan su vida política, son ellos mismos quienes
acostumbran a elegir a sus sucesores por la vía de la cooptación y no a
través de la consulta y elección por parte de las bases.
 

Los afiliados tienen que saber que el liderazgo es técnicamente necesario,
puesto que la división del trabajo dentro del partido comporta, como en
cualquier otra organización, encargar determinadas labores, entre ellas
el liderazgo, a individuos concretos.

Por consiguiente, el liderazgo no es necesariamente malo mientras exista
en todos los afiliados una conciencia de su función y tengan la convicción
de que los líderes deben ser controlados y de que existe la posibilidad de
cambiarlos desde abajo en el caso que su actuación suponga un conflicto
con los intereses de la base, de la mayoría de los afiliados ‑aunque, para
Michels, el cambio sólo comportaría la sustitución de un grupo oligárquico
por otro, pero no la desaparición de las prácticas oligárquicas‑.

Finalmente, es necesario indicar que, en el caso de los partidos que
tienen responsabilidades de gobierno, las decisiones sobre la línea política
que debe expresar el programa del partido no sólo se toman lejos de los
militantes, sino que además tales decisiones tienden a desplazarse desde
las elites del partido a la administración.

No son los militantes ni los dirigentes los que definen en última instancia
las líneas de actuación políticas del partido, sino aquellos que tienen cargos
políticos dentro de la administración, es decir, los que elaboran y seguirán
elaborando, si el partido obtiene de nuevo el apoyo necesario por parte de
los electores, las políticas públicas que afectan a la sociedad en su conjunto.

 

8. La financiación de los partidos políticos 

Los partidos políticos, como cualquier tipo de asociación, necesitan recursos
económicos para llevar a cabo sus actividades. Si bien en un principio la
cuantía de tales recursos no tenía por qué ser muy elevada, a medida que
los partidos se fueron convirtiendo en protagonistas del sistema político,
adoptaron un funcionamiento empresarial y, sobre todo, dieron una
importancia cada vez mayor a las contiendas electorales, al marketing
y a las nuevas técnicas de propaganda política, los recursos económicos
que se necesitaban para obtener representación parlamentaria eran
cada vez mayores. Actualmente, un partido político sin medios económicos
o con medios muy escasos está condenado al fracaso electoral y, por
consiguiente, condenado a la condición de partido testimonial.

Los partidos políticos necesitan, asimismo, sostener sus estructuras
organizativas, lo que implica edificios, locales, personal que trabaje
exclusivamente para el partido, material de trabajo para este personal,
publicidad en los medios de comunicación durante las campañas
electorales, infraestructura y espacios para poder realizar actos electorales
y congresos, capacidad técnica para elaborar el programa electoral y
difundirlo entre los electores, contacto constante por correspondencia con
los afiliados, edición de revistas y material gráfico de todo tipo, etc.

La capacidad financiera para cubrir todos estos gastos es determinante
para obtener unos buenos resultados electorales y, por consiguiente, para
alcanzar el poder político.

Es por esta razón por la que la financiación de los partidos políticos es
una cuestión vital para su misma supervivencia y, paralelamente, un factor
de desigualdad para la competencia electoral, que en un sistema democrático
debería fundamentarse en la igualdad de oportunidades.

           

El origen de la financiación de los partidos puede ser privado o público.

Por lo que respecta a la financiación privada, ésta se compone en
primer lugar de las cuotas que los afiliado pagan periódicamente.
Éste fue un tipo de financiación tradicional muy extendido, y los primeros
en utilizarlo fueron los partidos de masas, es decir, partidos con un alto
sentido de identificación grupal.

Sin embargo, el sistema de cuotas ha pasado de ser un sistema eficaz de
financiación de los partidos a ser un acto periódico y simbólico de apoyo
al partido. Actualmente, en plena crisis de afiliación, las cuotas que pagan
los afiliados son por lo general muy escasas y a menudo irregulares.

En segundo lugar, la financiación privada se compone de los donativos de
los mismos afiliados o de simpatizantes.

Los donativos se diferencian de las cuotas por los sujetos, puesto que
éstos pueden ser personas no afiliadas al partido o personas jurídicas;
por las cuantías, puesto que son normalmente más elevadas, y por su
falta de periodicidad.

Los donativos han sido una vía de financiación tradicional de los partidos
y eran una práctica común en los primeros partidos de notables.
Actualmente, casi todos los partidos reciben donativos, pero debe
subrayarse que la financiación de este tipo suele ser más frecuente y
generosa en los partidos conservadores que en los de izquierda, dado
que los afiliados y simpatizantes de los primeros acostumbran a tener
mayores recursos económicos.

Es a través de los donativos como los partidos pueden resolver sus
problemas de liquidez, sobre todo en los períodos electorales, que es
cuando las dificultades de liquidez se manifiestan de un modo más acuciante.

Los donativos comportan el peligro de que aquellos que los realizan puedan
ejercer algún tipo de control o influencia sobre el partido, con la consiguiente
merma de su independencia.

Por este motivo, los partidos casi nunca hacen públicas las cuantías de los
donativos ni los nombres de las personas o grupos que los efectúan
(Hay casos también de lavado de dinero en las campañas políticas).

Una tercera vía de financiación privada son los beneficios que los partidos
obtienen de la gestión de empresas o negocios y de la explotación de su
propio patrimonio: editoriales, revistas, fiestas, loterías, sorteos, etc.

Una última vía de financiación privada son los préstamos y créditos que los
partidos obtienen de las entidades bancarias, sobre todo en períodos previos
a la celebración de elecciones. 
 

La principal vía de financiación de los partidos políticos es, sin embargo,
la pública.

En primer lugar, los partidos pueden recibir algún tipo de subvención estatal
(en Argentina reconocida por la Constitución)  según los resultados
electorales obtenidos (por número de votos, por número de escaños) a fin de
financiar la campaña electoral y, una vez dentro del parlamento, a fin de
sufragar los gastos generados por el funcionamiento ordinario de la
actividad parlamentaria. Asimismo, el sueldo que reciben los cargos
públicos del partido puede convertirse en una fuente de financiación en la
medida que muchos partidos se quedan con una parte del mismo como
contribución del cargo público al partido.

También pueden considerarse como financiación pública la cesión de locales
públicos para efectuar actos de campaña, los espacios gratuitos en los medios
de comunicación, el aligeramiento de cargas fiscales directas o indirectas, etc.

Los partidarios de la financiación pública consideran que ésta garantiza la
estabilidad de los partidos y que, en consecuencia, garantiza también la del
sistema político, puesto que con la financiación pública se facilita que los
partidos puedan llevar a cabo unas funciones que difícilmente podrían ser
asumidas con el único concurso de la precaria e intermitente
financiación privada.

Además, argumentan que la financiación pública es más equitativa, es más
fácil de controlar que la privada y sirve para evitar las desigualdades
entre las diversas fuerzas políticas, así como que se recurra a métodos de
financiación ilegales.

 

 

 

 

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